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La foto más escalofriante de la historia. El misterio que nunca fue resuelto

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Todos conocemos esas anécdotas que de pequeños pensamos que fueron reales, pero con el paso de tiempo y a medida que maduramos se convierten en un simple mito, bueno, pues esta es una de esas historias, de las que siguen vivas de generación en generación y que los abuelos cuentan a sus nietos en los días lluviosos.

Cuentan que antes los hombres estaban más en contacto con la naturaleza y todos los espíritus que en ella habitan, y que aún ahora hay lugares donde esa energía es más fuerte, sobre todo sitios alejados de las grandes ciudades, en los bosques o santuarios montañosos, comunidades creyentes y pequeñas donde la gente sigue recolectando alimentos para poder sobrevivir.



Una pareja vivía, precisamente en un lugar como éste, una montaña en el lejano Pueblito de San Juan Almomoloa, una tierra virgen y silvestre, donde criaban a su única hija de tan sólo 5 años de edad, la pequeña Celeste, ingenua y vivaz, amaba los espacios abiertos y las heladas de invierno que llegan año con año. 



Antes de la llegada del crudo invierno, se dedicaban a recolectar bayas silvestres y té de monte, que ayudaba a soportar el frío del fin de año; la pequeña en su afán de terminar pronto y volver temprano al hogar, se alejó sin que sus padres lo advirtieran, el tiempo pasaba y la pequeña Celeste no respondía a los desesperados llamados de su madre.

La culpa no podía ser disipada, y con ayuda de los vecinos emprendieron la búsqueda por los montes, cerca del río, encontraron los guantes de la pequeña, pero no había rastros de nada más, al parecer, la criatura había emprendido marcha río arriba, a donde ningún otro había ido jamás. 


“Lo siento Rosario, pero no hay manera que la chamaquita haya aguantado tanto camino...además los coyotes..” dijo uno de los amigos de la pareja, que a pesar de incansables esfuerzos, no lograron traerla de vuelta.



“Ay mi muchachita, mi niña, ¿por qué te nos fuiste?” lloraba todas las noches la madre, y ni en sus lamentos encontraba consuelo que ayudara a apagar la culpa… Don Martín no podía tampoco dormir, porque antes de cerrar los ojos veía a su niña tan pequeña, con su gorrito de lana azul, y sus guantecitos tejidos, que fue lo último que supieron de ella, su Celeste, su niña. Pasaban los años y el invierno siempre igual de frío azotaba el humilde hogar de la infeliz pareja.


Una mañana tibia y con sereno, estaba Rosario limpiando el tizne del fogón, y Martín a lo lejos dando de comer a las gallinas; las canas cubrían el rostro cansado de marido y mujer, quienes a lo lejos percibieron una silueta que se acercaba poco a poco… la vista ya traicionaba, pues la edad no perdona, pero cual fue su asombro al ver a una niña llegando a los brazos de la mujer… “¡Mamá, si pude mira ya terminé! ¡Mira, yo solita mamá! ”

Se quedaron helados, ante la inesperada aparición, era Celeste, su hija, su pequeña niña, con su gorrito de lana azul y sus manos sin los guantecitos tejidos por su madre, tenía la cesta llena de bayas y té de monte, como para aguantar todo el invierno, no podían creer lo que pasaba, ¡era un milagro! y su pequeña se veía igual de hermosa, igual que chiquita, a pesar de los 36 años transcurridos, su hija tenía el mismo cabello negro y lacio, los ojos de su abuela y el cuerpecito de una niña de 5 años, no se explicaban cómo era eso posible, pero aun así allí estaba.

En el pueblo se enteraron de aquel escalofriante regreso, pero nadie más podía ver a la pequeña, solamente Rosario y Martín Fernández; subían los vecinos a visitar a la vieja pareja, pero siempre que llegaban ellos decían “ahorita no está, subió solita a recolectar para el invierno, ella puede solita, fue lo primero que me dijo cuando regresó” y lo único que los vecinos veían eran los guantecitos de la niña, en la mesa donde tejía la anciana, y a un lado el cesto repleto de plantas y bayas silvestres. 

Nadie nunca veía a Celeste bajar del monte, ni a los ancianos ir a recolectar para el invierno, pero lo que siempre notaban al visitar la casa era el cesto llenarse cada vez más. Las risas de la niña se escuchaban por todo el pueblo,  pero solamente en las mañanas tibias y llenas de sereno.

Una tarde subió uno de los vecinos a visitar a los ancianos, y un olor extraño cubría el ambiente, al entrar a la casita se fue para atrás Don Luciano al ver a Rosario y Martín sentados e inmóviles, como si se hubieran dormido; los cuerpos tiesos sin vida, hinchados de tantas bayas, al parecer venenosas, y el té de monte aún tibio en la mesa, y en las manos muertas de Doña Rosario Fernández, el gorrito de lana azul sucio de tanta tierra, y lleno de ramas. 

Una sonrisa dibujada en sus rostros cansados, y una risita que se oía a lo lejos, diciendo  “¡Mamá, si pude mira ya terminé! ¡Mira, yo solita mamá! ”... Hasta la fecha, no existe nadie que pueda explicar el hecho, tan solo resta una foto de esa escalofriante escena y misma que sin lugar a duda se ha convertido en un misterio que nunca será resuelto. 


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